Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
Este domingo, cuando celebramos la V Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores, reconocemos su papel insustituible y determinante en la sociedad, en la familia y en la Iglesia.
San Joaquín y Santa Ana, los abuelos de Jesús y cuya fiesta estamos celebrando, nos enseñan a valorar a todas las personas mayores, quienes –en algún momento de sus vidas– se ven obligadas a atravesar el duro camino del desierto, de la enfermedad y de la soledad.
La soledad no deseada es, tristemente, la desagradable compañera de viaje de tantas personas mayores que sufren en mayor o menor medida la indiferencia, la ausencia o el descarte.
¡Feliz el que no ve desvanecer su esperanza! (cf. Eclo 14, 2), es el tema que eligió el papa Francisco para este año. Estas palabras, tomadas del libro del Eclesiástico, expresan «la bienaventuranza de las personas mayores» y señalan «la esperanza puesta en el Señor como camino hacia una vejez cristiana y reconciliada», reconocen desde el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.
En este Año Jubilar, esta jornada quiere ser una oportunidad para realizar una profunda reflexión sobre cómo la presencia de los abuelos y las personas mayores «puede convertirse en un signo de esperanza en cada familia y comunidad eclesial», insisten, promoviendo visitas y oportunidades de encuentro entre generaciones.
¡Qué importante es cultivar las raíces para la edificación de un futuro sin soledad! Las personas mayores tienen una capacidad extraordinaria para transmitirnos la historia, las costumbres, los recuerdos, las esperanzas y las tradiciones. Su legado no se cuenta por propiedades o capitales, sino por un amor que se hace verdad en los frutos que nacen de las semillas que ellos plantaron.
De ellos no solamente recibimos el don de la vida, sino la gracia de su mirada, de su sabiduría, de su amistad con Dios. Ellos nos enseñaron a pronunciar las primeras oraciones, a mirar a María como Madre, a confiar ante cualquier dificultad.
Y quisiera, también, tener muy presentes a las personas consagradas mayores, a esos «abuelos de vida consagrada», como los denominaba Francisco. Estas personas curtidas en años y experiencia profunda de fe, fuente de sabiduría de una familia religiosa, acumulan en sus corazones toda la riqueza de sus carismas, la levadura del Reino y del Evangelio de Jesús. Su invitación a volver al amor primero, aun siendo mayores y, en ocasiones, estando enfermos, es una muestra, más que suficiente, de un Amor que no termina nunca.
En consonancia con estas personas consagradas, recuerdo nuestra residencia de sacerdotes mayores, en la que puedo comprobar –cada vez que la visito– cómo, a pesar de las dificultades causadas por la ancianidad, mantienen cada día sus lámparas encendidas; con alegría, con ganas de seguir sirviendo, con la certeza de un Cielo Nuevo que tiene grabado a fuego sus nombres.
Así, cada una de las personas mayores, llevando en sus manos los desconsuelos de toda la humanidad, luchan por plantar cara a la soledad y ser felices sin dejar que desvanezca su esperanza. Y lo hacen, contemplando su historia personal con gratitud, viviendo el presente con pasión y abriéndose a la Providencia de Dios con una profunda esperanza.
Pedimos a la Virgen María por nuestros abuelos y mayores, que nos enseñe a ser el consuelo, el cuidado y la compañía de tantos ancianos que no son atendidos debidamente en su vejez. Ella nos dará la fuerza necesaria para arropar su soledad, pues si Dios nos cuida a pesar de nuestra pequeñez (cf. Sal 144, 3-4), no entregará jamás nuestras vidas a la muerte (cf. Sal 16, 10).
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.