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Los restos mortales de Mons. Francisco Gil Hellín, arzobispo emérito de Burgos, ya reposan en la cripta episcopal de la capilla de Santa Ana de la catedral de Burgos. Hasta allí ha sido conducido por algunos de los 22 sacerdotes que ordenó a lo largo de los trece años que estuvo al frente de la archidiócesis burgalesa.

 

Antes, el arzobispo de Burgos, Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa, ha presidido la misa del I Domingo de Adviento en el altar mayor del templo. Ante la familia, autoridades civiles, representantes de instituciones académicas y empresariales, y numerosos fieles, el arzobispo ha subrayado que Gil Hellín «ha sido un servidor bueno y fiel» y que ahora puede escuchar esas palabras «de los labios del Padre».

 

Una celebración concelebrada por buena parte del presbiterio de la archidiócesis, así como por el arzobispo emérito, Mons. Fidel Herráez Vegas; Mons. Juan Carlos Elizalde Espinal, obispo de Vitoria; Mons. Vicente Rebollo Mozos, obispo de Tarazona; Mons. Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol; Mons. Cecilio Raúl Berzosa Martínez, obispo emérito de Ciudad Rodrigo; y Mons. Javier del Río Sendino, obispo emérito de Tarija (Bolivia).

 

Una nutrida representación de burgaleses ha acompañado a la apenada familia en la despedida de Mons. Gil Hellín. Además, también se ha hecho presente en la Catedral un numeroso grupo de religiosas de Iesu Communio, el instituto religioso fundado en Lerma cuando él era arzobispo, encabezado por su superiora, la madre Verónica Berzosa.

 

El féretro ha partido de la capilla del Palacio Arzobispal, donde durante todo la mañana y parte de la tarde, los burgaleses han ido acercándose para despedirse del que fue su arzobispo durante trece años. A las 17:00h, los sacerdotes y obispos, acompañados de la familia y de las religiosas de Iesu Communio, han rezado un responso antes de conducir los restos mortales a la Catedral. Momentos antes de cerrar la caja, una de las monjas ha introducido una de las cruces que cuelgan de su cuello con el lema ‘Tsajenà’ («tengo sed») y que identifican a las religiosas de Iesu Communio.

 

En un coche fúnebre, pero acompañado por una larga procesión de sacerdotes y obispos, y seguidos por la familia y el resto de fieles, el féretro ha llegado hasta la plaza de Santa María, donde lo han cogido a hombros seis sacerdotes para introducirlo en la Catedral y dejarlo a los pies del altar.

 

«Ojalá hoy escuche: ‘Servidor bueno y fiel, pasa al banquete de tu Señor’»

En su homilía, Mons. Iceta ha comenzado con un saludo afectuoso a la familia del arzobispo emérito y a las autoridades presentes. Ha recordado que los pastores son llamados a configurar su corazón con el de Cristo, Buen Pastor, y ha citado una reflexión del papa Francisco sobre la evangelización: «Que cuando nos vean les sea más fácil conocer a Dios». Ha reconocido que los pastores comparten «defectos y pecados» con el resto del pueblo de Dios, pero ha deseado que, al contemplar su ministerio, los fieles puedan «con más facilidad encontrar al Señor».

 

El arzobispo ha centrado su mensaje en la esperanza cristiana, propia del tiempo de Adviento. Ha invitado a «aprender a esperar» contemplando la vida desde la eternidad, donde el Señor aguarda a cada hombre con misericordia: «Vendré a buscaros para que estéis conmigo». Ha definido la muerte como un «valle oscuro», pero iluminado por la promesa de Cristo. Y ha recordado que el obispo es, ante todo, «servidor de la esperanza», llamada a sostener a un mundo herido y dividido.

 

Mons. Iceta ha subrayado que la liturgia es «gran fuente de esperanza», porque «desde este altar brota el cuerpo y la sangre del Señor», manantial de vida. Ha citado la profecía de Isaías —«no se alzará espada pueblo contra pueblo»— y ha afirmado que esa paz no procede «de nuestros corazones rotos», sino de la misericordia divina. Ha defendido la vocación del cristiano a vivir «en comunión» y a caminar tras Cristo, como Bartimeo, «en la facilidad y la alegría, en la dificultad, en la enfermedad, en la oscuridad o en la luz».

 

El prelado ha reflexionado también sobre el sentido cristiano de la muerte, asegurando que es posible vivirla con gozo: «Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor». Ha afirmado que Gil Hellín vivió y murió con esa certeza y que ahora «la muerte para siempre seguirá siendo de él». Ha presentado la existencia como «una peregrinación» en la que Dios sale al encuentro del creyente, y ha señalado que el arzobispo emérito ha alcanzado hoy «la meta de la peregrinación», contemplando aquello que creyó, predicó y testimonió.

 

Asimismo, ha invitado a pedir «el don de reconocerle, acogerle y avivar el deseo» en toda circunstancia: «en la alegría o el dolor, en la salud o la enfermedad, en el abatimiento o la confianza». Ha animado a «revestirse del Señor Jesucristo» con la ayuda de la Virgen María, «la mujer vestida de sol», y a vivir siempre «en vela», con una mirada contemplativa capaz de descubrir los dones cotidianos de Dios.

 

Para terminar su homilía, Mons. Iceta ha recordado la última frase de Cristo en la cruz —«todo está cumplido»— y ha afirmado que, del mismo modo, «hoy don Francisco puede decir: ‘Todo está cumplido’». Ha descrito al arzobispo emérito como un pastor que «ha querido con amor, con locura, a esta Iglesia» y que, aun en su debilidad, preguntaba siempre por la archidiócesis de Burgos. «Ojalá hoy escuche: ‘Servidor bueno y fiel, pasa al banquete de tu Señor’».

 

Antes de concluir la celebración eucarística, una procesión ha conducido el féretro, portado nuevamente a hombros por los sacerdotes ordenados por Mons. Gil Hellín, hasta la capilla de Santa Ana. Allí, Mons. Iceta ha incensado y asperjado el féretro, antes de que fuera introducido en la cripta, en la que ya reposan los restos mortales de Mons. Luciano Pérez Platero, Mons. Teodoro Cardenal Fernández y Mons. Santiago Martínez Acebes, sus predecesores en la sede episcopal burgalesa.