
Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
Como quien abre de par en par las ventanas del alma para que entre el soplo del Espíritu, la Iglesia nos convoca, una vez más, al Domingo de la Palabra de Dios: una presencia, una Palabra viva pronunciada desde siempre en el corazón del Padre y ofrecida al mundo en el Verbo hecho carne.
El lema que nos acompaña este año —«La palabra de Cristo habite en vosotros» (Col 3, 16)— guarda un mensaje de una densidad teológica y espiritual muy grande. San Pablo, al escribir a la comunidad cristiana de Colosas, invita a escuchar y a conocer la Palabra, así como a permitirle habitar en lo profundo de cada uno, a dejarle espacio, a ofrecerle morada. La Palabra no pide ser invitada de vez en cuando: reclama un hogar, una parte, un sitio preferente en la mesa de la vida.
Habitar es echar raíces, es entretejer la vida cotidiana, es dejar que el Misterio configure nuestro ser desde las entrañas. Cuando la Palabra de Cristo habita en nosotros, Cristo mismo se hace huésped del corazón, y poco a poco va transformando la casa entera. Como recuerda el evangelio de san Juan, «el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14). Ese mismo Verbo también desea poner su morada en nosotros.
La Palabra de Dios no está encerrada por amor en un libro, ni vive prisionera en el pasado; es una palabra que acontece, que irrumpe, que crea comunión y abre caminos. Por eso, el autor de la Carta a los Hebreos afirma que «es viva y eficaz, más cortante que espada de doble filo» (Hb 4, 12). Desde este sentir, penetra hasta lo más hondo, discierne, sana, purifica y despierta lo que parecía dormido.
La relación entre el Resucitado, la comunidad de creyentes y la Sagrada Escritura es vital para nuestra identidad cristiana. Sin la Palabra, la fe corre el riesgo de convertirse en costumbre; con ella, la fe vuelve a ser encuentro, escucha y respuesta.
Participar de la Palabra de Dios no supone únicamente oírla, leerla o proclamarla en la liturgia, es dejar que modele la conciencia, que eduque los afectos, que inspire las decisiones. La Palabra nos va entretejiendo el corazón, haciéndonos, día tras día, más semejantes a Aquel que la pronuncia. En ese lento –pero inconmensurable– trabajo interior, el creyente es recreado a imagen del Hijo, y aprende a mirar, a amar y a esperar como Él.
San Jerónimo, con la lucidez de los santos, afirmaba que «desconocer la Escritura es desconocer a Cristo». Este doctor de la Iglesia, considerado el traductor más grande de la Biblia, nos animaba a aprender el lenguaje de Dios, para que, poco a poco, nuestra vida pueda llegar a ser palabra pronunciada por otros hermanos. En esta clave se comprende la profunda afirmación de monseñor Rino Fisichella cuando señala –para esta celebración– que «la Palabra de Cristo permanece como criterio seguro que unifica y vuelve fecunda la vida de la comunidad cristiana», y que «cuando se deja espacio a la Palabra, el Verbo de Dios habita el corazón como semilla que, a su tiempo, germina y da fruto». Porque la Palabra actúa con fidelidad, sin imponer, fecundando todo lo que toca.
Que este día nos ayude a abrir la casa interior, a sentarnos a los pies del Maestro como María (cf. Lc 10, 39) y a dejarnos formar por esa Palabra que no pasa, porque es el mismo Cristo quien la pronuncia. Y que, habitados por ella, podamos convertirnos nosotros mismos en evangelio vivo, en signo humilde y verdadero del Dios que, verso a verso, sigue hablando al corazón del mundo.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.






