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Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, la Jornada Mundial de la Vida Consagrada que ahora celebramos nos sitúa ante una pregunta sencilla y, a la vez, decisiva para el corazón de la Iglesia y del mundo: «¿Para quién eres?». Esta pregunta que interpela el sentir, la misión y la vocación de quien se atreve a formularla es el lema que nos congrega en esta conmemoración que atraviesa las paredes de la fe, que desarma, que devuelve a lo esencial. Porque la vida consagrada no se entiende desde lo que hace, sino desde Aquel a quien pertenece; como obediencia que se transforma en escucha, como pobreza que se torna en confianza, como castidad que responde a un amor profundamente encarnado.

«La vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión» (Vita consecrata, 3). Dicha afirmación de san Juan Pablo II que declara en esta exhortación apostólica que recoge el fruto del Sínodo de los Obispos de 1994, recuerda cómo los consagrados pertenecen de manera irrevocable a la vida y a la santidad de la Iglesia. Y no como algo accesorio o puntual, sino como un sacramento convertido en memoria viva, en eco trinitario, en eterna profecía.

La vida consagrada nace como confesión del Dios Trinidad: es un don que brota del amor del Padre, del seguimiento radical del Hijo y del soplo creador del Espíritu Santo. Por eso, la Iglesia contempla hoy este vivir entregado como una gracia que brota del corazón de Cristo Jesús y vuelve a Él convertido en servicio, en escucha, en acompañamiento y compasión.

De ese amor derramado del Cordero late una presencia que no busca protagonismo, sino que se pone en el último lugar con la mayor de las alegrías; que no exige reconocimiento, sino un sigilo habitado por el Maestro; que no quiere ser nombrada, sino que prefiere mantenerse en silencio donde sólo queda la presencia del Amado. Sin embargo, sin esta presencia –que es proclamación elocuente de que la vida sólo se comprende cuando se entrega– la Iglesia no respiraría igual.

En su mensaje para esta Jornada, los obispos de la Comisión para la Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal Española (CEE) defienden como un gesto elocuente «la vivencia plena de la castidad, la obediencia y la pobreza, verdadero don profético de las personas consagradas para toda la Iglesia y para los hombres y las mujeres de buena voluntad». En un mundo marcado por la prisa, la rentabilidad y el éxito inmediato, los consagrados han de responder con una lógica distinta: la de la gratuidad, la fidelidad cotidiana, la esperanza que persevera incluso cuando no hay aplausos, ni agradecimientos, ni resultados visibles.

Desde esta exigencia carismática, los obispos defienden la razón del lema, que «pone de relieve que la pregunta por la propia identidad (¿qué o quién soy?) es ineludible. Sin embargo, quedarse solo en ella «entraña algunos peligros», sobre todo «si la mirada un tanto obsesiva sobre nosotros mismos termina por impedirnos ver a quienes, estando más allá de nosotros, conforman nuestro horizonte último de vida y misión».

La vida consagrada habita allí donde el dolor tiene nombre propio: en hospitales y enfermerías, en la soledad de habitaciones olvidadas, en las calles donde la dignidad parece haberse perdido, en comedores sociales, en campos de misión, en países empobrecidos y en la vida ordinaria de tantos barrios y pueblos olvidados y con pocos recursos. Allí, los consagrados son manos que sostienen, ojos que saben mirar sin juzgar, labios que consuelan, corazones que permanecen. Allí se convierten, sin ruido, en la carne visible de la misericordia de Dios.

Queridos consagrados: gracias por habitar en el corazón de la Iglesia y, silenciosamente, transformar el alma rasgada del mundo. Hoy, junto a la Virgen María, recordamos unas palabras de santa Teresa de Calcuta que definen vuestro amor hasta el extremo: «Nosotros somos lápices en las manos de Dios». Eso sois, esa es la vida consagrada: dejarse escribir por Dios allí donde Él quiera, aunque la página sea oscura, aunque el trazo a veces duela.

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos