La ciudad de Burgos ha vivido en la noche de este Viernes de Dolores uno de los actos más sobrios y sobrecogedores de la antesala de la Semana Santa con la celebración de la procesión del Silencio. La cita, organizada por la Ilustre Archicofradía del Santísimo Sacramento y de Jesús con la Cruz a Cuestas, ha comenzado con una liturgia penitencial en la parroquia de San Cosme y San Damián, donde los cofrades han tenido la oportunidad de acercarse al sacramento de la reconciliación antes de realizar el tradicional y solemne juramento de silencio.
Tras la promesa, el silencio (y el frío) ha reinado en la calle y el cortejo, presidido por la imagen del Cristo de la Salud, ha recorrido algunas de las principales vías del centro histórico, pasando por enclaves como la plaza Vega, el arco de Santa María y la plaza del Rey San Fernando, a los pies de la catedral. Uno de los momentos más solemnes de la noche ha tenido lugar en la plaza de Santa María, donde se ha recordado a los difuntos en un breve acto cargado de significado. Durante el itinerario, el silencio absoluto de los cofrades y asistentes, apenas interrumpido por los golpes del bombo, ha vuelto a convertirse en la seña de identidad de una procesión que invita al recogimiento y la oración en los días previos a la Pasión. Este año, además, se cumplía el 10 aniversario desde que en 2016 se recuperara esta procesión, una de las más antiguas y sobrias de la ciudad.
La procesión del Silencio hunde sus raíces en antiguas prácticas penitenciales vinculadas a la espiritualidad castellana, en las que el silencio y la austeridad eran expresión de fe y penitencia pública. Aunque desaparecida durante décadas, fue recuperada hace una década con el objetivo de rescatar ese carácter sobrio y meditativo dentro de la Semana Santa burgalesa. Desde entonces, se ha consolidado como uno de los actos más singulares de estas fechas con un marcado acento en la reconciliación, la memoria y oración por los difuntos y la devoción compartida.






