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Nació en 2018 «para ser la primera y única procesión infantil de Burgos» y este año ha quedado consolidada como tal al hacer estación de penitencia en la catedral. Luis Echave, coordinador de la propuesta junto a su hermano Jorge, recuerda que la intención también fue que los niños protagonizaran su propio cortejo ya que, hasta la fecha, sólo participaban en las procesiones de adultos. «Queríamos dar un protagonismo especial solo a los niños en Semana Santa» –recuerdan–, ya que, aunque los menores participan en otras procesiones, «aparecen juntos adultos y pequeños, y queríamos una de solo niños».

 

Con el paso de los años, el balance es «más que positivo». «Cada vez hay más afluencia», destacan los organizadores, que inciden, además, en el carácter cada vez más diocesano del evento. Cuentan con la participación de niños de todas las cofradías, además de grupos de danzas, la Schola Cantorum y la banda de tamborcitos de San Gil. De hecho, subrayan que es una iniciativa que sobrepasa los límites de esta parroquia, la organizadora, al concitar a varias entidades. Este año, además, se han incluido como portadores de la Virgen del Socorro niños de otras cofradías con su propio hábito «para que haya más colorido y para que se vea que es una procesión de toda la diócesis». Los niños, por su parte, viven la experiencia con entusiasmo: «Ilusionadísimos, les encanta. Al final, lo que les gusta es ser protagonistas, ellos solos, de una procesión».

 

Pedir socorro a la Virgen

 

Dieciocho niños han portado a hombros la imagen de la Virgen del Socorro, una talla del siglo XVI. Ha salido desde la iglesia de San Gil y, tras atravesar el arco de San Gil y del Pilar, ha enfilado las calles Nuño Rasura y La Paloma hasta llegar a la catedral. Tras acceder al interior y hacer allí estación, ha regresado a su punto de salida. Antes del desfile, el párroco de San Gil ha preguntado a los niños por qué habrían de pedir «socorro» a María y les ha animado a salir a la calle para cambiar el humo del odio y las guerras por el del aroma del incienso y la paz.

 

Como reconocen los hermanos Echave, organizar un evento de estas características tiene sus propios retos. «No es fácil», reconocen entre risas, señalando que «lo más difícil es que los niños presten atención más de treinta segundos seguidos». Aun así, aseguran que cuando lo logran «sale todo de maravilla». La implicación crece también entre quienes ya han pasado por ella: antiguos costaleros participan ahora en la organización, manteniendo vivo el espíritu de una iniciativa que, más allá de lo anecdótico, se ha convertido en una puerta de entrada a la vivencia de la Semana Santa para las nuevas generaciones.