Queridos hermanos y hermanas:
Hay fechas que van ligadas directamente al calendario de los días y otras que, de algún modo, pertenecen al corazón: mañana, 12 de octubre, es una de ellas. En torno a la Virgen del Pilar, España y los pueblos de Hispanoamérica volvemos a reconocernos unidos por una historia compartida, por una herencia común y por unos lazos que traspasan el paso del tiempo: la fe, la lengua, la cultura, tantas tradiciones y, sobre todo, el deseo de seguir encontrándonos como pueblos hermanos que han intercambiado tantos dones. Porque en la mesa de Cristo nadie es extranjero.
La Virgen María es una Madre que une, que congrega a todos sus hijos en torno a su delicadeza y misericordia. Así, la liturgia nos invita a contemplar su ejemplo, a quedarnos en su mirada, a permanecer a su lado. Porque el Pilar no es solamente la columna sobre la que se posa la Virgen, es una imagen sagrada de lo que estamos llamados a ser: hombres y mujeres capaces de sostener al hermano que sufre, de tender puentes donde falta la esperanza y de hacer de nuestras diferencias un lugar de encuentro, acogida y paz verdadera.
El peso vigoroso de la historia asentó un océano inmenso entre España y América, pero el Evangelio moldeó un puente por el que Dios nos enseñó a cruzarlo. Bajo el precioso manto de la Virgen caben infinidad de pueblos, de lenguas, de culturas, de rostros y de historias. Caben quienes nacimos aquí y quienes llegaron de muy lejos; quienes llevan generaciones caminando dignamente por estas tierras y quienes un día cruzaron un mar eterno buscando una vida nueva. Todos caben en la casa de María, porque todos cabemos en el corazón de Cristo.
Cuando la fe llega a una tierra nueva, comienza una historia por nacer, una meta por descubrir, una página por escribir. Una raíz común ha unido los dos continentes, bañada por la fe en un Dios que nos quiere humanos y, sobre todo, hermanos. El cristianismo, merced a esta fraternidad, encontró otras culturas, otras sensibilidades y otras maneras de expresar la esperanza y el amor a la vida. Y la semilla que se plantó en aquellos campos creció hasta convertirse también en una Iglesia viva, fecunda y profundamente mariana.
Hoy, desde esta profundidad escondida en los ojos de nuestra Madre, podemos contemplarlo con gratitud, esperanza y humildad. María nos recuerda que ningún pueblo existe solamente para sí mismo, que nadie recibe un don para guardarlo y que todo lo que Dios pone en nuestras manos está llamado, de algún modo, a convertirse en regalo para los demás. Hoy, España y América seguimos donándonos mutuamente y estamos llamados a tejer puentes y lazos cada vez más sólidos de ayuda y colaboración fraternas. América está entre nosotros. Está en nuestras parroquias, en nuestras comunidades cristianas, en nuestras familias, en nuestros barrios, en nuestros trabajos y en nuestras calles. Está en el joven que se sienta a nuestro lado en el banco de la parroquia, en la madre que pone una vela antes de la Eucaristía por su hijo, en la anciana que reza a la misma Virgen, en la mujer que lleva a Misa cada día a la anciana que cuida, en la familia que celebra la fe con otras músicas, otras costumbres, pero con el mismo Dios.
Hoy, los pueblos de Hispanoamérica forman parte de la vida cotidiana de España y contribuyen de muchas maneras al bien común. Son hombres y mujeres que trabajan, emprenden, velan de nuestros mayores, sostienen familias, levantan negocios, trabajan en nuestros campos, en nuestros comercios, en la hostelería, en los servicios, en la sanidad y en tantos otros ámbitos de nuestra economía y de nuestra sociedad. ¡Cuántas familias pueden vivir con mayor tranquilidad porque alguien está junto a sus padres o abuelos cuando ellos no pueden hacerlo! ¡Y cuántos hogares conocen, gracias a esas personas, que cuidar no consiste únicamente en atender unas necesidades básicas, sino en acompañar una vida!
Acoger es hacerle sentir a un hermano que tu casa es, también, la suya. Le pedimos a la Virgen del Pilar por España y los pueblos de Hispanoamérica, para que sepamos mirarnos desde la cercanía de quienes han descubierto que tienen mucho que darse y tanto para compartir. Y que Ella, que es Madre de todos sus hijos, nos enseñe a ser hermanos.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
+ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos



