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Queridos hermanos y hermanas:

Toda misión comienza cuando aprendemos a ser uno con Cristo y, por y para Él, uno con el hermano. El Señor, antes de enviarnos –en Espíritu y en Verdad (cf. Jn 4, 24)– por los caminos del mundo, nos invita a permanecer en Él; y antes de pedirnos que vayamos por todo el mundo a anunciar el Evangelio a toda la Creación (cf. Mc 16, 15), nos enseña a entrar en el corazón de Dios. Así, sólo cuando dejamos que Cristo nos adhiera a Él, somos capaces de descubrir que nunca nos llama para nosotros mismos, sino para los demás; hasta que no quede en el mundo un solo horizonte deshabitado, hasta ser uno en su Amor: «Para que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (Jn 17, 21).

Hoy celebramos el centenario del DOMUND, la Jornada Mundial de las Misiones, con el lema Uno en Cristo, unidos en la misión. El recuerdo agradecido de quienes han hecho que la misión sea su propia vida, que se donan sin descanso en tantos lugares donde la vida se abre paso entre dificultades, penurias y carencias, nos recuerda que el Evangelio nunca es indiferente ante la realidad. Ellos nos revelan que, cuando Cristo entra en la vida de una persona, transforma aquello que la rodea. Y así, a través de su entrega silenciosa, los sueños de Dios van haciéndose realidad donde más se necesita: en lugares donde se lucha por la dignidad, por la salud, por la educación, por el pan de cada día, por el conocimiento del amor de Dios y su plan de salvación.

Como sucede con todos y cada uno de los misioneros, Dios pronuncia nuestro nombre antes incluso de que nosotros sepamos quiénes somos: «No temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre» (Is 43, 1). Es más, llega a decirnos después: «Tú eres mío». Nos llama, nos reconoce como Suyos y, precisamente porque somos Suyos, nos envía hacia los demás. Nos conoce cuando todavía caminamos a tientas, cuando no sabemos qué hacer con nuestra vida, cuando ni siquiera somos capaces de reconocer aquello para lo que hemos sido llamados.

San Pablo nos recuerda que Él nos ha elegido (cf. Col 3,12), y así nace la vocación: de una mirada que nos precede, de un Amor que nos conoce, nos espera y nos llama. Pero toda llamada lleva consigo un envío, así como todo encuentro verdadero con Cristo abre una puerta hacia el hermano. Quien se deja encontrar por Él, comienza –casi sin darse cuenta– a mirar, a escuchar, a sentir, a creer y a acercarse de otra manera. Porque cuando el corazón se hace uno con Cristo, ya no puede permanecer indiferente ante el dolor de sus hermanos.

Esta celebración, por tanto, perpetúa que la misión nace del corazón mismo de la Iglesia. Cien años de caminos recorridos, de fronteras atravesadas y de vidas entregadas por amor. Cien años de hombres y mujeres que dejaron su tierra para anunciar a Cristo y acompañar a pueblos y comunidades que, muchas veces, viven en medio de la pobreza, la enfermedad, la soledad, el miedo o la falta de recursos. Cien años en los que la Iglesia ha querido recordarnos que el Evangelio no puede quedarse encerrado en nuestras iglesias, en nuestras casas o en nuestros corazones. La fe, cuando es verdadera, busca un camino hacia el otro.

Ser misionero es amar donde nadie espera encontrar amor. Porque detrás de cada historia, hay un hijo amado de Dios. Este centenario, por tanto, nos invita a mirar con gratitud a quienes han entregado su vida a la misión. Por hacerse presentes allí donde más se necesita una palabra de esperanza, una mano tendida, una escuela, un hospital, una comunidad, una oración o, sencillamente, alguien que permanezca al lado cuando todos los demás se han ido.

Cuando aprendemos a mirar al otro con los ojos de Cristo, dejamos de encontrar extraños y comenzamos a reconocer hermanos. Entonces, la misión deja de ser una determinada labor para convertirse en aquello que verdaderamente somos: un solo corazón que aprende a llevar el Amor del Señor hasta los confines de la Tierra.

Que María nos enseñe a ser uno en Cristo y a llevarlo donde más se necesita, hasta hacer de nuestra propia vida un camino de misión, un camino de misericordia.

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos