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Sobrio y elegante, sobre una cama de rosas rojas y musgo, el Santísimo Cristo de Burgos ha vuelto a recorrer las calles de su ciudad. El también conocido como «Cristo de las santas gotas» ha sido llevado con maestría  por treinta y ocho costaleros por las calles de San Gil, Arco del Pilar, San Lorenzo, San Carlos, Almirante Bonifaz y Avellanos, ante la atenta mirada de cientos de burgaleses, que han aguantado con estoicismo el frío de la tarde.

 

El cortejo ha partido, fiel a su cita, a las 20:00 horas desde la parroquia de San Gil Abad, donde tiene su sede la Real Hermandad de la Sangre del Cristo de Burgos y Nuestra Señora de los Dolores, que organiza esta procesión que se remonta a finales del siglo XVI. La imagen que sacan a la calle sus cofrades es un Cristo de acusada personalidad, plagado de numerosas heridas en torso, brazos y piernas, de las que brotan tres gotas de sangre al tratarse de un Cristo vinculado a la orden Trinitaria. De la herida del costado, de las manos y los pies, también brota abundante sangre. A pesar de las llagas, el rostro es apacible, dulce y tranquilo, con los ojos entreabiertos.

 

Además de sus cofrades y la banda de cornetas y tambores de La Sangre del Cristo de Burgos, han acompañado la procesión del Santo Cristo de las Gotas miembros de otras hermandades penitenciales, la agrupación musical de Santísimo Sacramento y Jesús con la Cruz a Cuestas, representantes del Ayuntamiento y de la policía nacional.

 

La procesión del Santísimo Cristo de Burgos hunde sus raíces en 1592, cuando la Cofradía Noble de la Sangre de Cristo ya recorría las calles cada Domingo de Ramos portando la reliquia de las milagrosas gotas de sangre. Esta tradición se vincula a un episodio arraigado en la devoción burgalesa, cuando en 1366, el convento trinitario que albergaba la imagen se derrumbó. Según la leyenda, durante el colapso, una piedra golpeó la cabeza del Cristo y la talla comenzó a manar sangre. Aquella sangre fue recogida en un sudario que, con el paso de los siglos, se ha conservado como una de las reliquias más significativas de la ciudad y que se custodia en la iglesia de San Gil desde el año 1836. Ante su Imagen se han postrado a orar devotos de todas las clases sociales a lo largo de la historia, pidiendo milagros. En 1615, el rey Felipe III rezó ante el Santísimo Cristo, al igual que también Felipe IV.