El silencio y el recogimiento han marcado la jornada del Viernes Santo en Burgos, uno de los días más intensos y sobrecogedores del calendario litúrgico. La Iglesia ha conmemorado la Pasión y Muerte del Señor en una celebración cargada de sobriedad, en la que los fieles han sido invitados a contemplar el misterio de la cruz.
La liturgia, profundamente austera, ha comenzado con el celebrante postrado, rostro en tierra, en un profundo signo de humildad que recuerda la agonía de Cristo. A continuación, la celebración ha girado en torno a la proclamación de la Pasión, que narra los últimos momentos de la vida de Jesús. Este relato, leído a tres voces, ha centrado la celebración, ayudando a los presentes a adentrarse en el sentido más profundo de este día, en el que Cristo entrega su vida por amor a la humanidad.
A continuación, ha tenido lugar la oración universal, en la que la Iglesia ha elevado sus súplicas por toda la humanidad, recordando especialmente a quienes más sufren. Uno de los momentos más significativos ha sido la adoración de la cruz, en la que los fieles han ido acercándose para venerarla en un gesto de fe y reconocimiento del sacrificio de Cristo.
Durante la adoración se ha realizado la tradicional colecta para los Santos Lugares, una costumbre antiquísima de ofrecer lo obtenido en la celebración del Viernes Santo para las necesidades de los cristianos de Tierra Santa.
Por último, los fieles han tenido la posibilidad de comulgar el Cuerpo de Cristo consagrado en la tarde del Jueves Santo, durante la celebración de la Santa Misa de la Cena del Señor, y conservado en el Monumento Eucarístico que se instaló en la capilla de Santa Tecla de la Seo, que los fieles han podido adorar durante la tarde del Jueves y la mañana del Viernes.
A lo largo del día, parroquias y templos de la archidiócesis han acogido celebraciones similares, mientras que la piedad popular ha tenido su reflejo en las manifestaciones propias de esta jornada, con la participación de cofradías y fieles en distintos actos, destacando el Desenclavo del Santísimo Cristo de Burgos.
El Viernes Santo invita así a detenerse ante la cruz, centro de la fe cristiana, y a contemplar el amor llevado hasta el extremo. Con esta celebración, la Iglesia continúa el camino del Triduo Pascual, a la espera de la gran noche de la Vigilia Pascual, en la que se proclamará la Resurrección de Cristo.






