
Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, solemnidad de Pentecostés, la Iglesia celebra el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. El lema Pueblo de Dios que sale al encuentro, propuesto por la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida, nos propone conjugar en el horizonte del laicado en España dos elementos que nos comprometen como cristianos: el impulso de un estilo sinodal y la reflexión sobre la presencia de los cristianos en la vida pública.
La venida del Espíritu nos recuerda que todos tenemos una misión fundamental, que no nace de nuestras propias manos, sino del Corazón de Dios. Él la sostiene cuidadosamente como un don primero y definitivo; como una llamada inscrita en lo más hondo de nuestro ser bautismal, donde el Espíritu Santo nos configura con Cristo y nos guía en el mundo como testigos vivos de su presencia. Desde ahí, hace de toda la existencia un lugar donde Él desea seguir encarnándose, y donde la Iglesia, a través de la tarea de los laicos, se convierte sacramentalmente en signo y fermento del Reino en medio de la sociedad y de la historia.
Los cristianos, desde el Bautismo, hemos recibido una vocación, que nos hace corresponsables en la vida y la misión de la Iglesia. En este sentido, siendo conscientes de que nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro Bautismo, por el cual somos hechos partícipes del sacerdocio, el profetismo y la realeza de Cristo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1268), vislumbramos que la misión no es un añadido más a nuestra historia de fe, sino la expresión misma de lo que somos en Él.
Desde esta gracia originaria, los laicos están llamados a santificar el mundo desde dentro, como fermento en la masa (cf. CIC, 898), haciendo presente a Cristo en las realidades temporales y entrelazando, con su vida entregada, una Iglesia verdaderamente viva y rica en dones, donde la diversidad de carismas en la unidad del Cuerpo eclesial manifiesta la acción del Espíritu. El Paráclito edifica la comunión y nos envía a todos –cada uno según su propia vocación– a anunciar, con obras y palabras, la belleza del Evangelio en medio del mundo.
El cristiano «está en la política, la empresa o la educación como un ciudadano que, desde el discernimiento iluminado por el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, busca el bien común y el anuncio del Reino de Dios», recuerdan los obispos en su carta.
Los obispos, sabedores de que el compromiso transformador de la realidad es inherente a toda la Iglesia, debemos recordar que ser creyente «no sólo exige preguntarnos quién soy yo» sino, sobre todo, «para quién soy yo», como se nos recordaba en el Congreso de Vocaciones celebrado en febrero del año pasado. En este sentido, romper los muros de la cobardía y manifestar lo que creemos implica estar dispuestos y deseosos de explicar por qué apostamos por un amor gratuito y a fondo perdido, defendiendo la misericordia y la justicia como los pilares fundamentales tanto de las relaciones personales como de las sociales.
Nuestra respuesta ante situaciones de injusticia, marginación o violencia, siendo capaces de reconocer al Espíritu que brota entre las grietas del dolor, define nuestra fe. En esas fronteras en las que la Iglesia camina con la humanidad desde dentro de sus heridas, como Aquel que «no pasó de largo» (Lc 10, 33), sino que se detuvo, se acercó y cargó con el sufrimiento del otro.
En ese hacerse prójimo se revela la verdad del Evangelio, como un pueblo que –ungido por el Espíritu–, discierne, acompaña y sirve evangelizando y haciendo presente el Reino de Dios.
Así, de la mano de María, los laicos, como Pueblo de Dios que sale al encuentro desde las entrañas más profundas del mundo, se convierten en signo humilde pero real del Reino que crece en lo escondido: donde la caridad se transforma en esperanza y la mirada se viste de una alegría perpetua, hasta que Dios sea todo en todos.
¡Feliz Pentecostés! Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.






