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El silencio apenas se rompe por el roce de un algodón sobre la madera o por el sonido de un bisturí retirando con delicadeza un antiguo repinte. O por las aspas de un ventilador que intentan refrescar una calurosa sala con olor a barniz y cola de conejo. En el Taller Diocesano de Restauración, el verano no significa descanso. Entre pigmentos, pinceles y disolventes, una decena de universitarios del grado de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de la EHU dedica varias semanas a aprender un oficio en el que cada decisión exige estudio, paciencia y respeto absoluto por la obra.

El proyecto de este año se centra en la recuperación de las tablas flamencas de un retablo procedente de la ermita de Retuerta. La obra fue desmontada a finales de los años setenta para protegerla del vandalismo y permaneció almacenada durante décadas. Hoy comienza una nueva etapa gracias al trabajo conjunto del Taller Diocesano y de estos futuros restauradores.

Sara Taboada, restauradora del taller y responsable de coordinar las prácticas junto a Antonio García Ibeas, director del Taller Diocesano de Restauración, explica que el punto de partida no es sencillo. «Son seis tablas pequeñitas de la parte de la predela y ocho más grandes que forman parte del primer y segundo cuerpo. Es lo que tenemos». Del resto del retablo apenas se conservan algunas fotografías antiguas y notas manuscritas.

Antes de intervenir sobre la pintura, los estudiantes documentan cada pieza mediante fotografías, imágenes con luz ultravioleta y diferentes catas que permiten identificar barnices, repintes y restauraciones anteriores. «Han hecho estudios para ver qué repintes tienen, porque tienen muchos repintes», explica Taboada. Solo después comienza el trabajo de limpieza, siempre lento y reversible, que permitirá recuperar la policromía original.

Pero las prácticas van mucho más allá de la técnica. En el Taller Diocesano, el aprendizaje nace del diálogo entre la experiencia y la formación universitaria. «Yo les voy a aportar mi experiencia y mi práctica; ellos me lo pueden rebatir todo», afirma la restauradora. «Ellos tienen que crear su propia opinión de todo». Para ella, formar a estos jóvenes restauradores significa enseñarles a observar, argumentar y tomar decisiones fundamentadas, conscientes de que cada intervención sobre una obra es única e irrepetible.

Durante varias semanas, estos jóvenes trabajan sobre un patrimonio que forma parte de la historia y de la fe de la archidiócesis. Cada capa de barniz retirada, cada grieta consolidada o cada pincelada recuperada devuelve legibilidad a unas obras que durante siglos han acompañado la vida de las comunidades cristianas.

Porque restaurar no consiste únicamente en devolver la belleza a una pintura. Es, sobre todo, garantizar que ese patrimonio siga hablando a las generaciones futuras. Y en ese compromiso silencioso, que cada verano se renueva entre las paredes del Taller Diocesano de Restauración, también se forman quienes mañana tendrán la responsabilidad de custodiar la memoria artística y espiritual de la Iglesia.

Naiara: «Vi la profesión y me gustó mucho»

 

 

Cuando era niña, Naiara veía trabajar a su tía en la restauración y aquella curiosidad terminó convirtiéndose en vocación. «La veía de pequeña, tampoco sabía muy bien a qué dedicarme; vi la carrera y la profesión y aquí estoy», explica Naiara, recién graduada y una de las alumnas que este verano realiza sus prácticas en el Taller Diocesano recuperando parte del patrimonio religioso de la provincia.

Entre sus manos, un Ecce Homo sobre el que trabaja con pequeños bastoncillos de algodón y varios geles para eliminar barnices, ceras y repintes acumulados durante décadas. El estudio de los pigmentos le hace descubrir también la historia oculta de la obra, al desvelarse cómo varían las técnicas de pintado: «En la pintura original se ve que la pincelada es mucho más cuidada, más fina, mientras el repinte es más tosco», explica. La restauración exige avanzar despacio, probando tiempos y productos antes de actuar sobre la superficie. «He probado disolventes aplicándolo poquito a poco en zonas muy puntuales». Cada pequeño avance permite descubrir cómo fue concebida originalmente la obra y comprender mejor la historia que ha ido acumulando con el paso del tiempo.