
Escucha aquí el mensaje de Mons. Iceta
Queridos hermanos y hermanas:
Al acercarse la fiesta de la Virgen del Carmen, que celebramos el próximo 16 de julio, quiero felicitar a las comunidades carmelitas que forman parte de nuestra Iglesia diocesana. También a tantos fieles burgaleses que vivimos una profunda devoción a esta advocación mariana, a su vez tan ligada a las profesiones marinas.
Por eso, hoy quiero detener la mirada en quienes viven, trabajan y aman la vida en torno al mar: corazones a la intemperie, abrazados por el latido compasivo de la Madre de Dios.
La vida en alta mar corre peligro en cada travesía. Por eso, para vosotros, hombres y mujeres del mar, vivir adquiere un sentido especial. Estáis expuestos a días de bonanza y de incertidumbre, a horizontes abiertos y a tempestades inesperadas, a amaneceres tranquilos y a anocheceres peligrosamente oscuros. Pero el Señor tiene una palabra clara: «Soy yo, no temáis» (Jn 6, 20). Por eso la Iglesia os mira con una inmensa gratitud, porque en vuestra entrega cotidiana se sostiene la vida de incontables hogares que pueden mantenerse en pie merced a vuestro esfuerzo.
La imagen del mar nos habla de la propia existencia: navegar supone confiar, adentrarse en los misterios de lo desconocido y dejarse mecer por la Providencia para leer los signos del viento, aceptar la propia fragilidad y la grandeza de estar en camino. El rumbo de nuestra fe no siempre pasa por momentos cómodos, sino que en muchas ocasiones ha de atravesar mareas que nos ponen a prueba de muchas maneras. Pero la Iglesia es un barco compartido en el que nadie navega solo: en la misma barca de la fe, Cristo sigue presente, llevando el timón (cf. Mc 4, 39), incluso cuando parece esconderse entre la niebla. Y, con Él, María, la Estrella del Mar, acompañando silenciosamente cada travesía.
En un discurso dirigido en enero de 2020 a un grupo de pescadores provenientes de San Benedetto del Tronto, Italia, el papa Francisco recordó con cercanía a los marineros y a sus familias, agradeciendo su trabajo oculto pero esencial, y animando a no perder nunca la esperanza en medio de las dificultades: «Los nacidos en el mar no pueden erradicar el mar de sus corazones. Les exhorto a no perder la esperanza ante los inconvenientes e incertidumbres que desgraciadamente afrontan: ¡no falta el coraje! Al mismo tiempo, es necesario valorar su trabajo, a menudo arriesgado y duro, apoyando sus derechos y sus aspiraciones legítimas». Estas palabras del Papa resuenan hoy como un eco de la solicitud de la Iglesia por quienes sois memoria viva de un esfuerzo que sostiene la vida de los pueblos.
«Los primeros discípulos de Jesús fueron “sus colegas” los llamó a seguirlo justo cuando estaban echando las redes a la orilla del lago de Galilea», recordó el Papa a los marineros, poniendo en valor esa «religiosidad popular» que se expresa en la confianza en Dios, en el sentido de la oración y en la educación cristiana de los hijos: «Sientan la necesidad de ayudarse mutuamente y de ayudar a los necesitados. ¡No pierdan estos valores!».
En estos días, elevamos una oración especial por quienes tenemos a la Virgen del Carmen como intercesora y Madre amorosa de nuestras vidas. Que Ella nos acompañe en la singladura de la vida, nos guarde cuando se presenta cualquier riesgo y que nos recuerde que ninguna tempestad es más grande que la mano de Dios que nos sostiene.
También la devoción a la Virgen del Carmen viene unida a la asistencia y compañía en el trance del fin de la vida, en el momento de pasar de este mundo a la casa del Pade. En la fe de la Iglesia confiamos a nuestros difuntos a Aquella que nunca abandona a sus hijos en la noche de la existencia. La Virgen del Carmen los acoge como se ampara lo más frágil y amado, y los presenta al Señor de la Vida, donde no hay más naufragio, ni sufrimiento, ni dolor.
Que en esta fiesta renovemos la certeza de que no navegamos solos. Que María, Estrella del Mar, nos enseñe a mirar el horizonte sin miedo y a descubrir cada día una llamada a la esperanza. Y que el Señor, que calma las tormentas, nos conceda la paz del corazón en medio de este viaje, bello y frágil, que es la vida.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.






