«Admiramos las iglesias pero no sabemos toda la riqueza que hay en ellas». La frase, escrita por una de las personas que participó en la tercera edición de Heaven’s Door, resume buena parte de lo que ha supuesto esta experiencia que la parroquia de Santa María de Aranda ofrece a quienes acuden en agosto a Sonorama Ribera. Una experiencia que encuentra su mejor balance en lo que dicen quienes aceptaron a invitación del gran cartel ubicado en el atrio del templo: “Atraviesa la puerta, abre la mente, refresca el corazón”.
Durante los tres días de la iniciativa, 867 personas accedieron al templo y alrededor de 300 participaron en alguno de los nueve pases de la experiencia, coincidiendo en el tiempo y casi en el espacio con los conciertos de los escenarios urbanos del festival ribereño. Alrededor de 15 personas voluntarias fueron las encargadas de acoger, acompañar y explicar una propuesta que, un año más, aprovechó el marco de Sonorama para compartir con quienes llegan a Aranda no solo arte y patrimonio, sino, fundamentalmente, su mensaje de salvación.
Descubrir lo que está delante de los ojos
Los comentarios que los participantes dejaron en los cuadernos de visita muestran que uno de los principales efectos de Heaven’s Door ha sido ayudar a descubrir lo que habitualmente se contempla sin que se alcance a interpretar de todo. «Me ha encantado la explicación de la fachada porque no es lo mismo verlo que te explique el significado», escribía una de las personas participantes. Ese es el objetivo de la experiencia: proporcionar a unas generaciones cada vez más ajenas al lenguaje religioso las claves para comprender que el mensaje de la fe sigue siendo igual de actual que hace 500 años, cuando se creó la portada de Santa María y que hace 2000 años, cuando acontecieron los pasajes que refleja. «Lo que queremos es que la gente que venga pueda disfrutar de la belleza de la portada, pero también que pueda entender un poco el mensaje que hay detrás», explica Satur Pardilla, uno de los voluntarios que participan en las visitas.
Ese descubrimiento no se limita a quienes llegan de fuera. También hay arandinos que reconocen haber descubierto una dimensión desconocida de un lugar cotidiano. «Qué sorpresa. Toda la vida aquí y mira que hemos entrado veces y hemos paseado por delante para descubrirlo ahora… Más vale tarde que nunca…», escribía una persona.
La piedra y la música
Además de la palabra, la experiencia incorpora el eficaz lenguaje de la música para explicar el mensaje. Este año ha sido Chito Morales, miembro del histórico grupo Brotes de Olivo quien ha puesto armonía y ritmo al Heaven’s Doors. «Una preciosidad, entender la portada y completar con la música», apreciaba otro de los testimonios.
Para Chito, la aportación de la música reside en su capacidad de hacer accesible lo que no siempre resulta evidente: «La música hace comprensible aquello que a simple vista no se entiende». Música y escultura, dos formas de aprovechar la belleza para la comunicación. «La belleza es un lenguaje que todos entendemos», señala Satur.
Un lugar de calma
Por tercer año consecutivo otro factor aparece reiteradamente entre los hallazgos de quienes participan en la experiencia: la calma en medio de cierto caos.
Santa María se convirtió para algunas personas en un lugar para detenerse y saborear el silencio y la paz. «Desde Sevilla gracias por este descanso», escribía una de ellas. Otra lo resumía todavía más: «Con mucha paz cuando entras». Y desde Madrid alguien agradecía a Aranda «abrir al mundo tan caótico unos minutos de AMOR».
Los voluntarios también lo notan. «Percibimos también una experiencia interior. Eso depende de lo que busque cada uno o del momento en que esté. Puede encontrar un sitio con calma, con espacio para el silencio dentro del ruido que supone todo Sonorama», explica Satur.
El párroco de Santa María, Javier Valdivieso, destaca el respeto con el que las personas entran en el templo y la sorpresa de algunos visitantes ante la posibilidad de encontrar allí un espacio de acogida. «Vemos que a muchos les sorprende que, en una oferta tan plural, también la Iglesia abra las puertas y se sientan acogidos personalmente por medio de los voluntarios. Valoramos mucho el respeto de la gente cuando entra». Una afirmación confirmada por mensajes que subrayan ese respeto de ida y vuelta como la de una participante que explicaba con espontaneidad “Cómo mola que el Sonorama dé acceso a todos las músicas y filosofías de la vida”. O la de otras visitantes de Valencia que dejaron su asombro por escrito: «Sorprendidas de que la Iglesia esté tan integrada en el festival. Muchas gracias por descubrirnos esta nueva cara de Aranda. Vuestra tierra es única».
Una complicidad que también se percibe en los diálogos que la experiencia propicia. «Hay gente que se queda al final porque le gusta comentar un poco lo que ha visto con los voluntarios que estamos allí. Es un rato bonito también», apunta Satur. Por la otra parte lo que se agradece es la acogida: «Un placer haber encontrado con la puerta abierta a la casa de Dios y en este lugar y permitiendo a los jóvenes entrar en este momento del festival».
Una experiencia que trasciende la belleza y el arte
Y hay para quien esta invitación ha supuesto conectar con una historia mucho más personal. Como la de un joven arandino que vive fuera y el reencuentro con el templo le devolvió algo mucho más valioso: la presencia de un amor que no termina. Se lo contó a los voluntarios y también lo dejó por escrito. «He despedido aquí a muchos seres queridos… y aquí siguen. Gracias».
Como este joven, otros visitantes expresan haber conectado con una experiencia espiritual, más allá de la apreciación de la belleza . Como la de otro visitante que escribía «Cualquier iniciativa que nos acerque a Dios es válida». En esta línea, Javier Valdivieso explica haber descubierto «que cada vez hay más gente joven que valora entrar en un ambiente de silencio y de paz, y también encontrar una cercanía a la vida religiosa y a la presencia eucarística y sacramental». En algunos casos, añade, «hubo gente que estuvo rezando de rodillas ante el sagrario, o que accedió al sacramento de la penitencia».
Para Valdivieso, ese encuentro ha dejado además otro fruto, menos visible pero fundamental: «Como párroco, lo que más valoro es la implicación de las personas de la comunidad, su conciencia y corresponsabilidad en una acción de apostolado, de primer anuncio, de compartir la propia fe con la excusa de compartir la belleza del patrimonio artístico». Un servicio que también agradece uno de los mensajes más sencillos recogidos en los cuadernos de comentarios: «Gracias por acercarse así a los que vienen a Sonorama. Que no se pierda ninguno».






