Queridos hermanos y hermanas:
Al clausurar el Tiempo de la Creación, la Iglesia –alentada por san Francisco de Asís, hermano de los pobres cuya fiesta se celebra hoy– nos invita a detenernos un instante para contemplar aquello que, quizá por tenerlo siempre delante, hemos dejado de cuidar: el milagro de la vida. La nuestra, la de quienes caminan a nuestro lado y la de esa Casa común que Dios nos ha confiado.
El Papa León XIV, en su mensaje para la XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, recuerda la importancia de «contemplar el don de la vida» y «apreciar la tierra que la sustenta», ya que «son modos tangibles de alabar a nuestro Creador». La vida es un don, y cualquier don necesita ser custodiado con el mismo amor con el que Dios lo ha puesto en nuestras manos.
Hay una pequeña escena que, cada mañana, contemplo en la capilla y que, con el tiempo, se ha convertido para mí en una silenciosa parábola. Allí, junto a la luz del amanecer que entra muy despacio, hay una planta que adorna los pies del altar. Cuando la riego, sus hojas recuperan poco a poco su firmeza, su color y su belleza; pero cuando en ocasiones se me pasa hacerlo, la encuentro decaída, como si durante la madrugada hubiera perdido un poco de vida. Basta con mirarla para comprender que hasta lo más pequeño necesita ser cuidado para seguir creciendo. Y quizá también nosotros.
El Tiempo de la Creación trae a nuestra memoria que una planta no crece porque un día determinado la reguemos: necesita agua, luz, paciencia y manos que sepan esperar (incluso cuando parece no tener solución). También la vida necesita ser regada con palabras que alienten, silencios que respeten, perdones que reconstruyan, tiempo entregado, afecto, escucha, gratitud… Necesita pequeños gestos cotidianos que le recuerden que siempre merece la pena crecer.
Cuidar la Creación, tal vez, comienza precisamente ahí, en esos gestos que construyen nuestro día a día. Empieza en el trabajo, cuando elegimos no arrinconar al otro para alcanzar un puesto codiciado; en la familia, cuando dejamos de dar por supuesto el amor cotidiano y volvemos a atender los detalles más pequeños; en nuestras parroquias, cuando hacemos de ellas hogares y no solamente lugares de paso; en nuestras amistades, cuando permanecemos cerca, aunque no haya nada que recibir a cambio; junto a quienes viven en situación de pobreza, donde descubrimos a personas cansadas que necesitan nuestra presencia y escucha antes que cualquier pregunta.
San Francisco lo comprendió de una manera extraordinariamente sencilla y profunda. Cuenta la tradición que el Poverello de Asís, antes de su conversión, se encontró con un leproso, sintió repugnancia y quiso apartarse de él. «Cuando estaba en pecado, me parecía demasiado amargo ver a los leprosos», relataba él mismo en su testamento. «Y el Señor mismo –confiesa– me condujo entre ellos, y les mostré misericordia». Desde entonces, sintió una profunda compasión por los enfermos, acercándose a cada uno de ellos, dándoles limosna, abrazando y besando sus llagas. Aquello que antes le resultaba despreciable ante sus ojos, comenzó a transformarse en dulzura: «Y al acercarme a ellos, lo que me había parecido amargo se transformó en dulzura de alma y cuerpo» (Testamento).
En esta escena hay un detalle esencial: Francisco no cambió primero el mundo que tenía ante sus ojos, sino su manera de mirarlo y de actuar ante un hecho concreto que pasaba desapercibido. Al igual que para llegar a llamar «hermana» a la Tierra y «hermano» al Sol, primero tuvo que aprender a mirar con un corazón reconciliado.
El Papa, en su carta para esta Jornada, manifiesta que «el corazón humano resulta ser el lugar donde se llevan a cabo las más duras batallas» y donde se enfrentan nuestros deseos «entre el amor y la indiferencia, la verdad y la ilusión, la justicia y la injusticia (St 1, 14-15)». Y, quizá, esta sea una de las grandes preguntas que nos enseña el Tiempo de la Creación: ¿qué estamos dejando crecer dentro de nosotros? Porque cuando el corazón se vuelve de piedra, también se endurece nuestra relación con cuanto nos rodea.
Le pedimos a la Virgen María que Dios vuelva a hacer de nuestro corazón una tierra buena, para que sea fecundo y todo cuanto toque pueda comenzar de nuevo a florecer.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
+ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos






