Con mucha pasión esperaba la sociedad burgalesa el nuevo estreno del conocido dramaturgo burgalés, Ernesto Pérez. Como profesor de historia durante muchos años, ha tratado de traer al presente eventos del pasado con el lenguaje dramático del presente. De ahí la creación, hace más de 30 años, de la Asociación Prosopon que todos los años permite la realización de teatro clásico para escolares en Clunia Sulpicia o la recuperación de fiestas de reconocimiento nacional como ‘El Colacho’, ‘La Fiesta Barroca’ o ‘La Fiesta del Judas’. Sin abundar en grupos de teatro o folclore como ‘La Hormiga’ o ‘Espliego’.
Esa riqueza de nuestra provincia y de nuestra historia tenía un punto flaco: la catedral de Burgos. Ya en el VIII Centenario creó la obra ‘La catedral soñada’ con notable éxito, donde el Rey Fernando III el Santo y el obispo Mauricio se las veían con el Cabildo de la Catedral para lograr el gran proyecto de la seo gótica burgalesa. Esta creación sí llegó a estrenarse, pero aún quedaba otra con mayor significado para este soñador de Castrillo de Murcia: ‘la Pasión del Cristo de Burgos’, escrita por él hace casi diez años. Su objetivo no era otro que dar a conocer la historia de la talla del Cristo de Burgos y recuperar parte de su universal devoción.
Con un reparto de más de 40 actores de varios grupos de teatro locales, diseño y confección de Elvira Ayala, vestuario de Montse García y Carmen Barquín y la ayuda en dirección musical de Toribio Alonso, se puso manos a la obra el septiembre de 2025. El proyecto fue aprobado con sumo interés por el Cabildo de la Catedral asumiendo la producción. Y, después de un año, ahí está el resultado en los pasados días 18 y 19 de septiembre: lágrimas, abrazos, muchos aplausos y una corriente de emoción en los propios actores. Alguno de ellos como José Antonio Fernández ‘Pepillo’ (Nicodemo), Toribio Alonso (Apóstol Pablo) o Marigel González (Virgen María), Luis López (Pilatos), Eugenio Peña (Apóstol Pedra), Javier Santos (Apóstol Juan), Rodrigo Santamaría (Anás) o Jesús Medina (Caifás) no sabían expresar lo que supone estar a los pies del crucificado de Burgos, flanqueado por la Escalera Dorada.
Ha sido algo ‘indescriptible, sin palabras’, decía Fernando Mayoral (Jesús de Nazaret), quien por primera vez se subía a un tablado en presencia de su propia madre. Si Nicodemo (Pepillo) se afanaba por demostrar tanto a los Apóstoles como a los Sumos Sacerdotes que su razón y búsqueda de concordia respondía a todo un proceso de transformación interior, mucho más la Madre de Jesús (Marigel González) aguantaba su conmovedora mirada húmeda con el peso del desenclavado sobre sus piernas.
El público, que en un día agotó las 800 entradas, quedó conmovido, entregado y agradecido por la experiencia. A partir de ahora conoce un poco mejor el misterio del origen del Santo Cristo de Burgos que llegó al Monasterio de los Agustinos de Burgos en el s. XIV y su fama y devoción se trasmitieron por toda la geografía nacional, América Latina, llegando a Filipinas, hasta convertirse en la imagen más venerada en todo el mundo cristiano.
La restauración de esta imagen articulada de madera y de piel de bóvido permitió al autor conocer aún más su grandeza y singularidad, convirtiendo este hecho en la trama argumental. Máa aún, Ernesto Pérez une la devoción al crucificado de Burgos otra muy arraigada desde la Edad Media: la devoción a la Madre de Cristo (La Antigua, La Blanca, La Real de Huelgas). Ambas se funden en esta obra de teatro que comienza en un debate entre seis restauradoras y que ha venido para quedarse entre los burgaleses.






