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Escucha aquí el mensaje

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret: un día señalado en el calendario de aquellos que deciden amar por encima de cualquier hecho, posibilidad o circunstancia, una ocasión trascendental para poner en el centro de nuestras vidas a Jesús, María y José. Fijar la mirada en la Sagrada Familia es dejarse cuidar por la ternura de la Virgen María, por el silencio delicado de san José y por el amor derramado de Jesús.

 

María, quien conservaba todo en su corazón (cf. Lc 2, 51), fue elegida por Dios como modelo de santidad para su pueblo. Solo sus ojos generosos y confiados fueron capaces de amar hasta el extremo como lo hizo por su Hijo, hasta lo más imaginable que puede caber en el alma de una madre. Es tanto lo que su corazón cobija que hasta el mismísimo Señor quiso nacer en su vientre. «Claro que Dios podría hacer un mundo más bello que este», dejó escrito san Juan María Vianney, «pero no sería más bello si en él faltase María».

 

José, el corazón entrañable de Dios, hizo de cada gesto una oración, de cada espera un motivo, de cada oscuridad una esperanza donde poder descansar el peso de la fe. Es el padre de la presencia discreta, de la confianza callada, de la entrega gratuita por amor. Todo por Él, para que el Niño Jesús creciera en sabiduría, edad y gracia (cf. Lc 2, 52). Si merced a él Cristo se forjó como hombre, nosotros, si permanecemos en él, nos fraguamos como hijos, padres y hermanos hechos a la medida de su bondad. Ojalá nunca olvidemos que sus hechuras de hombre bueno y justo (cf. Mt 1, 19) modela y configura nuestra entrega.

 

Jesús, el hijo del carpintero y el rostro de los santos, da plenitud a esta familia sagrada. Solo hemos de mirar su rostro para comprender, de una vez y para siempre, cuánto nos ama; en su mirada de niño y adolescente, cuando ayudaba a su padre en el taller o a su madre a preparar el pan. Porque, como recordaba san Juan de Ávila, «ningún libro hay tan eficaz para enseñar todo género de virtud, y cuánto debe ser el pecado huido y la virtud amada, como la pasión del Hijo de Dios; y también porque es extremo desagradecimiento poner en olvido un tan inmenso beneficio de amor como fue padecer Cristo por nosotros» (Audi Filia. II. Frutos de la meditación de la Pasión).

 

Qué importante es, hoy en día, la familia, reflejo del misterio insondable del Dios Amor, compartir la comunión hasta hacerse todos uno, ser templo y casa de oración, respirar en el hogar la caridad que ardía en la familia de Nazaret.

 

La Sagrada Familia de Nazaret nos recuerda que matrimonio y familia están intrínsecamente orientados a realizarse en Cristo. Su vínculo de amor es el símbolo de la alianza de Dios y su pueblo (cf. Is 54), donde el esplendor de la gloria se hace verdad con el nacimiento de la nueva Jerusalén. Como decía el Papa Francisco en su exhortación postsinodal Amoris laetitia a los novios y a los esposos: “no podemos prometernos tener los mismos sentimientos durante toda la vida. En cambio, sí podemos tener un proyecto común estable, comprometernos a amarnos y a vivir unidos hasta que la muerte nos separe, y vivir siempre una rica intimidad. El amor que nos prometemos supera toda emoción, sentimiento o estado de ánimo, aunque pueda incluirlos. Es un querer más hondo, con una decisión del corazón que involucra toda la existencia. (n. 163).

 

No hay más camino ni horizonte que este para encontrarse con Jesús, María y José, tal y como expresaba el Papa san Juan Pablo II en su exhortación apostólica Familiaris consortio: «El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia; los hijos son fruto precioso del matrimonio» (FC 14, 16). En este sentido, el Papa santo, destacaba que «la acogida, el amor, la estima, el servicio múltiple y unitario –material, afectivo, educativo, espiritual– a cada niño que viene a este mundo, debería constituir siempre una nota distintiva e irrenunciable de los cristianos, especialmente de las familias cristianas».

 

Encomiendo vuestras familias a Jesús, a María y a José, para que ellos custodien, amparen y sostengan cada uno de los rincones de vuestro hogar y de vuestras vidas. El presente y el futuro de la humanidad, tantas veces rota y herida por el dolor, se fragua en la familia: la que nació en un humilde pesebre de Belén para instalarse eternamente y por amor en el corazón del mundo.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga durante el año 2024 que vamos a comenzar. ¡Feliz año nuevo!

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos