150 adolescentes y jóvenes provenientes de varias parroquias, movimientos apostólicos y colegios de toda la provincia han participado «con deportividad» -según los organizadores- en la tercera edición del «Torneo San José». Se trata de una competición que promueve cada año la delegación de Pastoral Vocacional con el objetivo de dar a conocer el Seminario y difundir los valores del deporte desde el punto de vista cristiano.

 

En total, han sido 18 los equipos que han participado en el torneo, divididos en dos categorías: menores de 14 años y de 14 a 18 años. Han pasado la jornada compitiendo en tres campos de fútbol: dos del propio Seminario y uno en el colegio Campolara, que también ha colaborado en el desarrollo del evento y cuya pista cubierta ha servido para resguardarse de la tormenta. Aún así, el tiempo ha respetado en general y los participantes han podido disfrutar, además, de otros juegos alternativos, como boley, ping pong y chapuzón en la piscina del centro de estudios. En la categoría de los pequeños el trofeo se lo ha llevado el equipo proveniente del colegio diocesano San José Artesano y Santa María La Nueva, mientras que el vencedor de la categoría de los mayores ha sido un grupo de jóvenes pertenecientes al Camino Neocatecumenal.

 

Pastoral vocacional

 

El torneo San José es una de las actividades que se promueven en la diócesis para suscitar vocaciones a la vida sacerdotal. Ha coincidido con el último fin de semana de Preseminario y, a la vista del próximo año académico -ya ha comenzado el plazo de inscripción en el centro académico y formativo- los promotores vocacionales de la diócesis planean ya sus próximas actividades.

 

La última semana del presente mes tendrá lugar la tradicional «convivencia de los nuevos», para aquellos chavales que desean ingresar en el Seminario el próximo curso. Además, preparan también su tradicional «Campamento de Monaguillos» y el «Campamento Europa», un campamento volante en torno al Camino de Santiago para jóvenes mayores de 15 años durante la primera semana de julio.

18 octubre 2022, 12:55 Gloria Varona Varona nació en Huérmeces en 1946 y es Hija de la Caridad. Desde 2001 vive en el país africano, donde colabora en la salud, la educación y la pastoral en un pueblo de 17.000 habitantes.

Gloria Varona es la mayor de tres hermanos, y a los 14 años ingresó en el internado para chicas de las Hijas de la Cáridad en Rabé de las Calzadas. Cursó estudios hasta PREU y después viajó a San Sebastián, donde estudió dos años en el Seminario de Hijas de la Caridad. Desde allí se desplazó a Valladolid para cursar estudios de Magisterio. Pasó después a impartir enseñanza en el Colegio de San José de Santander, donde se involucró para colaborar con un Centro de Menores. También desarrolló su vocación de servicio en pisos de acogida para menores en Valladolid, vinculados a la Junta de Castilla y León. Y en 2001 viajó a la República de Chad, país ubicado en África Central, donde ha desempeñado su tarea educativa y misionera hasta ahora.

 

Fue a los 10 años cuando sintió la llamada, pero hasta los 17 no comprendió verdaderamente que quería entregarse al Señor. «Mi deseo era ser como las manos de Jesús y mostrar el amor que Dios nos tiene. La vocación me vino pronto, pero no la viví hasta años más tarde», recuerda. Su familia, católica, no puso pegas a su decisión. «Yo era una chica muy aplicada en los estudios y cuando les dije que me iba al seminario de las Hijas de la Caridad fue un momento duro, sobre todo para mi madre, pero recuerdo que mi padre me dijo que tenía que hacer mi propia vida y me animó a seguir adelante. A mi madre le costó, pero luego fue una gran alegría para ella», recuerda.

 

Sintió la vocación misionera desde su periodo de estudios en Rabé de las Calzadas, porque por allí pasaban misioneros que estaban en América y las hablaban de muchas cosas. «Además yo leía libros y después, en mi etapa de Santander, tuve la oportunidad de vivir de cerca con los niños de la calle, y trabajar en un centro de menores. Eso, junto con mi vocación por la enseñanza y la experiencia de atender a niños en los pisos de Protección de Menores de la Junta, en Valladolid, con quien colaborábamos las Hermanas de la Caridad, fueron formando en mi un deseo de ayudar y una vocación de servicio por los niños más necesitados», argumenta.

 

Previamente, en España vivió los momentos de un cambio radical en la sociedad, entre los años 1979 y 2000, «en los que se notó muchísimo el incremento de niños y niñas viviendo en situaciones extremas, fruto de familias desestructuradas; fue como un cambio social importante porque afectó a muchas familias y los niños fueron las víctimas».

 

Su experiencia en Chad «ha sido impresionante» y ha marcado su vida. «A Chad fuimos cinco Hermanas de la Caridad, fuimos las primeras porque el obispo nos pidió ayuda para colaborar en la salud, en la educación y en la pastoral. Y eso hemos hecho. Montamos la misión en Bebalem, un pueblo de 17.000 habitantes, donde desarrollamos tareas de educación, trabajamos en diez escuelas de primaria, tres colegios y un liceo, con más de dos mil alumnos de diversas etnias y religiones, y además colaboramos también en temas de salud, atendiendo a niños malnutridos y a discapacitados, haciendo curas por quemaduras o pequeños accidentes. Hay mucho trabajo».

 

Ellas no dan clases, su misión es formar a los maestros que luego las imparten, «que son gente de buena voluntad y que quieren enseñar». «Nosotras les formamos y luego hacemos un seguimiento. Además hemos creado un APA (Asociación de Padres) en cada escuela, para garantizar que funcione, porque los padres son quienes gestionan todo, con la idea de que si algún día nos vamos, las escuelas sigan por su cuenta. Son todas escuelas diocesanas, que se construyen con el permiso del obispo».

 

La situación en el país africano atraviesa muchos problemas y es muy compleja, comenzando por la política, ya que hay una etnia que quiere el poder y surgen muchos conflictos. «El año pasado mataron al presidente y se pensaba en una guerra, aunque nosotras seguimos allí porque estamos a 600  kilómetros de la capital y además porque nos necesitan. Chad es el cuarto país más pobre del mundo».

 

A pesar de las dificultades, las Hijas de la Caridad están muy contentas allí, asegura, «porque hemos conseguido que la sociedad haya dado pasos importantes, como crear conciencia en las familias de que deben enviar a sus hijos a la escuela, ya han sido muchos niños los que han pasado por ellas y han recibido formación para después encontrar un puesto de trabajo. Son escuelas para todos, católicos, protestantes, musulmanes… solo el 25 por ciento son católicos».

James Castro es el nuevo conserje de la Casa de la Iglesia. Es el trabajo que le da estabilidad desde que hace cuatro años tuviera que abandonar su Colombia natal.

Desde el pasado 5 de mayo James Castro es el nuevo conserje de la Casa de la Iglesia. Tomaba el relevo de Rafael López, quien antes de su jubilación le enseñó los secretos de este edificio, en pleno corazón de Burgos y que alberga los principales servicios de la curia y la pastoral diocesanas desde hace poco más de una década, cuando el antiguo palacio arzobispal de la calle Eduardo Martínez del Campo fue sometido a una reforma integral. 

 

A sus 56 años, James solo tiene palabras de agradecimiento a la Iglesia, que «siempre nos ha abierto las puertas en tantos momentos difíciles y de incertidumbre». Y es que, tras varios años buscando un futuro mejor, él, su mujer, Luz, y su hija Juanita parecen haberlo encontrado en Burgos gracias al respaldo de numerosos cristianos, y de forma especial del arzobispo, don Mario Iceta, con quien viven y comparten mesa siempre que lo permite la apretada agenda del prelado: «Es una persona muy humana y muy buena», comenta con aplomo, sabedor de que gracias a él hoy pueden sonreír un poco más a la vida.

 

Y es que la situación que vivían James y su familia en su Colombia natal era ya «insostenible». La complicada economía y «la alta violencia que allí se vive a diario» hicieron que «sí o sí» buscaran una alternativa. Hace seis años, y gracias a un contacto común con el entonces obispo de Bilbao, Luz vino a trabajar al cuidado de la madre y la tía de don Mario. James llegó un par de años más tarde, acompañado de su hija. Recaló en Baracaldo, donde encontró trabajo reparando diferentes iglesias y realizando tareas de mantenimiento y fontanería en varios pisos. «Aprendí mucho en esos años», comenta, aunque el euskera y el estrés de vida de una gran ciudad como Bilbao no fueron fáciles al comienzo. Sus otros dos hijos, Jon Sebastian (de 29 años) y Juan Pablo (de 26), aún están en Colombia, si bien de ciento en viento se acercan a España para pasar unos días en familia. 

 

Trabajo en Burgos

 

Tras la designación de don Mario como pastor de la Iglesia en Burgos, James y su familia se trasladaron también a la ciudad. Juanita se matriculó en el colegio diocesano San Pedro y San Felices y Luz siguió atendiendo a la madre y tía del arzobispo. Y James tomó las riendas de la conserjería de la Casa de la Iglesia: «Mi tarea es cuidar de la Casa, ayudar a su mantenimiento; procurar que todo esté en orden», explica. Además, entre sus competencias figuran atender la portería, responder al teléfono, controlar el correo y recibir a las personas que por allí recalan necesitando algún tipo de servicio. 

 

Desde su trabajo en el que puede considerarse el ‘corazón’ de la archidiócesis, contempla una Iglesia servicial y una ciudad, Burgos, «mucho más católica, tranquila y limpia» que la gran Bilbao. Constata cómo en la Casa de la Iglesia «todo funciona bien» y que las personas que allí trabajan «atienden a los que llegan de la mejor manera posible». Él también quiere contribuir a este buen hacer. Y en ese empeño pone su sonrisa, todavía conociendo los nombres de los sacerdotes y los numerosos pueblos de la provincia y todos los vericuetos de ese gran edificio. «Quiero ayudar a resolver los problemas que trae aquí la gente».

Telegrama de pésame del Papa Francisco Francisco, firmado por el cardenal secretario de Estado Pietro Parolin

Telegrama de pésame del Papa Francisco Francisco, firmado por el cardenal secretario de Estado Pietro Parolin, por las víctimas de la tragedia ocurrida anoche cerca de la ciudad de Larissa. El Pontífice envía sus condolencias a las familias de los más de 30 fallecidos y bendice a los socorristas, que trabajan en estas horas en el lugar de la colisión

Vatican News

El Papa Francisco ha recibido con tristeza la noticia de la pérdida de vidas humanas y los heridos causados por el accidente de tren en Larissa, Grecia. En un telegrama firmado por el cardenal secretario de Estado, Pietro Parolin, el Pontífice asegura sus oraciones “a todos los afectados por la tragedia” y a las familias de las víctimas, “confiando las almas de los difuntos a la amorosa misericordia de Dios Todopoderoso”. A continuación, Francisco bendice a los rescatistas y a quienes están prestando asistencia, agradeciéndoles su compromiso y solidaridad.

El accidente

La colisión entre un tren de mercancías y otro de pasajeros se produjo anoche entre Atenas y Salónica, cerca de la ciudad de Larissa. El balance es de al menos 32 muertos y 85 heridos. Según las reconstrucciones, tres vagones descarrilaron pocos minutos antes de medianoche en el centro del país, tras la colisión entre un tren de mercancías y un convoy que transportaba 350 pasajeros. Según los medios de comunicación griegos, se trata del “peor accidente ferroviario jamás visto en Grecia”. Bomberos y ambulancias acudieron al lugar de los hechos. También se desplegaron grúas para intentar retirar los escombros y levantar los vagones volcados. La operación para liberar a las personas atrapadas sigue su curso y se está llevando a cabo en condiciones difíciles. Uno de los vagones se incendió y varias personas quedaron atrapadas en su interior. Los responsables del hospital de la ciudad de Larissa informaron de que al menos 60 personas habían resultado heridas, muchas de gravedad. El gobernador regional habló de una colisión muy fuerte. “El tren llevaba retraso y se había detenido unos minutos cuando oímos un ruido ensordecedor”, declararon algunos pasajeros a bordo del convoy.

La sinodalidad marca el encuentro de este año, que por primera vez se celebra en Ávila. En él participan el arzobispo, algunos vicarios y arciprestes y la correferente diocesana del Sínodo.

El Seminario diocesano de Ávila acoge desde ayer el tradicional encuentro de obispos, vicarios y arciprestes de Iglesia en Castilla; es decir, de todas las diócesis de Castilla y León, menos Astorga y León (que, por cuestiones históricas y eclesiales, tienen más trabajo conjunto con su diócesis metropolitana, que es Oviedo). Unos encuentros con una importancia significativa para el trabajo en común de las diócesis regionales, que tradicionalmente se celebraban en Villagarcía de Campos (Valladolid), pero que en este 2023 viajan hasta la capital amurallada.

 

Se trata del primer encuentro presencial tras el parón por la pandemia. El último tuvo lugar precisamente en marzo de 2020, tan sólo cuatro días antes de decretarse el Estado de Alarma. Se recupera así esta cita significativa que lleva celebrándose desde hace 40 años y en las que las nueve diócesis participantes (Valladolid, Salamanca, Ciudad Rodrigo, Zamora, Ávila, Segovia, Palencia, Burgos y Osma-Soria) trabajan en comunión aquellos acentos e intereses comunes.

 

En esta ocasión, el tema propuesto para los trabajos es la sinodalidad. «De alguna forma, Iglesia en Castilla quería sumarse a estos esfuerzos de corresponsabilidad. Siempre hay que trabajar en comunión, pero más especialmente en este momento, en el que se están poniendo tantos acentos en el discernimiento, en la corresponsabilidad. Por ello, es muy apropiado que estas diócesis sigamos trabajando de forma conjunta», señala el vicario general de Osma-Soria y secretario de Iglesia en Castilla.

 

Gabriel Ángel Rodríguez apunta que el leiv motiv de las sesiones de trabajo será la homilía del papa Francisco en la apertura del Sínodo, en la que hablaba de encuentro, escucha recíproca y el discernimiento. «Nuestros encuentros eclesiales no son asambleas de naturaleza política o social. Son eclesiales. Y por eso el discernimiento para nosotros es esencial. Discernir significa ponerse activo para que el Espíritu actúe sobre nosotros, tanto a nivel personal como eclesial. Significa escuchar al Espíritu para saber qué quiere de nosotros en este momento concreto», destaca el secretario de Iglesia en Castilla.

 

Las jornadas de trabajo han contado con una Lectio Divina preparada por el obispo de Zamora, don Fernando Valera. También se ha escuchado una ponencia sobre el tema del discernimiento y se ha presentado una síntesis de las aportaciones que las diócesis de la Región han presentado al Sínodo Mundial, y que corrió a cargo de José Luis Lastra y Lucía Ferreras, correferentes diocesanos para el Sínodo. En estas jornadas están participando el arzobispo, don Mario Iceta, el vicario general, Carlos Izquierdo, el territorial, Julio Andrés Alonso, y varios de los arciprestes.